Jueves, 14 Enero 2021 02:36

Así profanaron los franceses la tumba del Gran Capitán español y destrozaron sus huesos

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«El Gran Capitán» de Augusto Ferrer Dalmau - Augusto Ferrer-Dalmau «El Gran Capitán» de Augusto Ferrer Dalmau - Augusto Ferrer-Dalmau

El general francés Horace Sebastiani creyó llevarse de España la espada más emblemática del Gran Capitán, pero en verdad se llevó una copia hecha a partir de una robada en 1671

Gonzalo Fernández de Córdoba falleció a los 62 años en Granada, aislado en lo político y en lo militar, a causa de un brote de fiebres cuartanas, una enfermedad que había contraído durante las guerras en Italia contra los franceses. Semanas después de su muerte llegaron decenas de cartas de condolencia a su familia, entre ellas la del Rey Fernando, que invocaba su vieja amistad y trataba de disimular con palabras gruesas el hecho de que había incumplido todas sus promesas de recompensa, una detrás de otra; y la del joven Carlos de Gante, quien había oído desde niño la historia de su odisea italiana.

El héroe apodado como Gran Capitán se convirtió en un mito viviente tras vencer a los franceses en dos sucesivas guerras en Nápoles y firmar victorias tan brillantes como la de Ceriñola o Garellano. Castellanos e italianos unieron fuerzas en ensalzar su figura y presentarle, en el caso de los segundos, como el defensor de Italia frente a los «bárbaros» franceses. Los propios galos reconocieron el estilo cortés de hacer la guerra del cordobés y su Rey no dudó incluso en elogiar su talento públicamente.

En junio de 1507, el Rey francés organizó un banquete al que invitó a Fernando El Católico, a Germana de Foix y a Fernández de Córdoba, donde se sinceró como un admirador del hombre que había vencido a sus ejércitos. «Mande Vuestra Señoría al Gran Capitán que se siente aquí; que quien a reyes vence con reyes merece sentarse y él es tan honrado como cualquier Rey», afirmó el Rey Luis XII al invitar al militar.Ni siquiera quedó un retrato o recuerdo visual de cómo era físicamente, aparte de que hubo que esperar cuatrocientos años para que le dedicaran un monumentoNo obstante, como señala Henry Kamen en su obra «Poder y gloria: los héroes de la España imperial» (Austral), la gran reputación del Gran Capitán no sobrevivió al paso de los siglos ni dentro ni fuera de España. «No dejó huella en Europa (ni siquiera en Francia, contra cuyas tropas combatió), y sería inútil buscar textos u obras de arte de importancia en las que esté presente», asegura. Kamen ignora, adrede o por desconocimiento, que parte de sus aventuras las esboza Miguel de Cervantes en una obra tan conocida como El Quijote, pero tiene razón en el desinterés que mostraron algunos autores posteriormente. Ni siquiera quedó un retrato o recuerdo visual de cómo era físicamente. Hubo que esperar cuatrocientos años para encontrar su imagen, mitificada, en un monumento público.

Sin rastro de su memoria

La estatua más antigua sobre él se encuentra en Madrid y data de 1883, un periodo en el que se miró de nuevo al pasado para conformar un relato nacional coherente y uniforme. Autores decimonónicos como José de Madrazo, pintor del cuadro «El Gran Capitán en el asalto a Montefrío» o Federico Madrazo, pintor de «El Gran Capitán observa el cadáver del Duque de Nemours tras la batalla de Ceriñola», trataron de dar vida a los pasajes de su carrera militar.

En 1909, un oficial cordobés reclamó al concejo de su ciudad que erigiera una estatua del Gran Capitán para celebrar el cuarto centenario de su muerte. El Gobierno concedió de cara a esa cita, en 1915, financiación para que Córdoba, y no Granada, que también pidió ese honor, realizara un programa de actos y homenajes completo. Solo entonces empezó a recuperarse su figura.

La estatua del militar que se levantó con este fin en Córdoba atrajo algunas críticas por la extraña blancura de la cabeza, tallada en mármol blanco por razones creativas, pero en general sirvió para enmendar el descuido histórico en torno a su memoria. En 1927, la estatua fue trasladada a su ubicación actual en la plaza de las Tendillas.

Aunque Gonzalo Fernández de Córdoba falleció en Granada el 2 de diciembre de 1515, sus restos no fueron enterrados definitivamente hasta 1552 en un panteón de la iglesia de San Jerónimo de Granada, lugar donde acabarían reposando también su esposa y varios familiares más. En 1810, sin embargo, las tropas francesas del general Horace Sebastiani profanaron su tumba, mutilando sus restos y quemando las 700 banderas que, a modo de trofeo, fueron enterradas junto a sus restos. Los revolucionarios franceses habían puesto de moda en París lo de profanar tumbas, incluida las de los Reyes Borbones, y el militar francés no se resistió a destrozar el cadáver al ver que en el escudo del Gran Capitán se decía «vencedor de franceses y turcos…».

En medio de la Guerra de Independencia, las tropas napoleónicas convirtieron esta iglesia en su cuartel y se apoderaron de todas las obras de arte y joyas del lugar. Las armas de Gonzalo Fernández de Córdoba corrieron la misma suerte... Cuenta el erudito José Giménez Serrano en su obra «Manual del artista y del viajero» (1846):

«Desapareció la espada del Gran Capitán, se profanó por vez primera su tumba, rompiéndose las cajas de bronce, fueron robadas las banderas y esparcidos o rotos los demás trofeos».

Tras revolver los huesos, el general napoleónico, en su huida de España en 1812, se llevó su calavera y supuestamente su espada de gala, objetos que aún hoy permanecen en paradero desconocido. Los huesos que se quedaron en España aún sufrieron otra humillación. En 1835, con la exclaustración, lo poco que dejaron en pie los franceses fue pasto del saqueo de los granadinos. Un monje pudo recoger los huesos y entregárselos años después a los señores Láinez y Fuster, pertenecientes a la Academia de Nobles Artes. Éstos, a su vez, los llevaron a Comisión Provincial de Monumentos, que también los entregó al Gobierno civil.

En 1848 ocupaba la plaza de capitán general del distrito de Granada el general Fermín de Espeleta, quien se interesó por los restos del ilustre militar y pidió un informe médico completo. Fue así como se descubrió que, por lo pronto, «faltaban cabezas, todo estaba revuelto, sin poder precisar con exactitud a qué cuerpos correspondían los huesos. En la cripta de la iglesia hallaron maderas de cedro de las cajas, chapas de hierro, clavos, girones de vestidos, tejidos de terciopelo, seda, raso, galones, medias…».

La espada perdida

Horace Sebastiani creyó llevarse de España la espada más emblemática del Gran Capitán, pero en verdad se llevó una copia hecha a partir de una robada en 1671. Como explicó Gabriel Pozo Felguera en un artículo de «El Independiente de Granada», firmado en 2017, originalmente había dos espadas en el lugar de enterramiento: la de ceremonia estaba clavada en la pared del lado del Evangelio y la de combate, situada en la pared opuesta, en el lado de la Epístola. La de ceremonia fue un obsequio del Papa Alejandro VI al cordobés por defender el Cristianismo. Y la de combate, con empuñadora de marfil, hoja ancha y fina, de poco peso, parece que fue usada por el general en vida.

Precisamente esta segunda espada fue retirada por alguien del Ducado de Sessa, esto es, por familiares del noble castellano, antes del año 1671, ya que en marzo de aquel año los monjes declararon que tiempo atrás ya no estaba. Hoy en día sigue en manos de los descendientes del Gran Capitán, aunque hay teorías que dicen que fue regalada a la Catedral de Santiago para fabricar una lámpara.

La otra, la de ceremonia, es la que Sebastiani pensó haberse llevado a Francia. Pero, no era verdadera. Señala Gabriel Pozo Felguera en su excelente artículo que a mediados del siglo XVII se descubrió que esta espada de ceremonia había sido robada y sustituida por una de madera. La investigación se cerró sin encontrar al responsable, si bien entre los monjes se acusaron de haberla visto en las celdas de unos y otros el objeto años atrás. El paradero de la espada tampoco pudo ser hallado y, lo único que está claro, es que cuando Sebastiani se la llevó consigo a Francia ya no podía tratarse de la original, sino de una simple copia.

En total hay cinco espadas que se reivindican como las de gala atribuidas al Gran Capitán. Dos las tiene el Museo del Ejército en Toledo (copias de la existente en la Real Armería de Madrid); otra es la que se llevó Sebastiani, en paradero desconocido, probablemente algún coleccionista privado francés; la cuarta se encuentra en México, en manos de uno de los descendientes del Gran Capitán y la última, la que tiene más posibilidades de ser la auténtica, es la de la Real Armería de Madrid.

De esta espada consta su presencia, ya en el antiguo Alcázar de Madrid, desde al menos 1621, probablemente como regalo de un noble de la familia a la Corona. Aparece citada en el inventario de ese año y en el catálogo de 1793, hecho por Ignacio de Abadía, que indica su uso para «el juramento del Príncipe de Asturias, y para cuando el Rey nuestro señor arma caballeros». Su bella factura y la representación en su escudo del gran héroe militar con escenas de batallas clásicas hacen intuir que se trata de una pieza de gran valor.

César Cervera
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