A pesar de los duros ultimátums de Donald Trump y las amenazas directas contra los aliados de la OTAN, los principales actores mundiales y los socios más cercanos de Estados Unidos rechazan, uno tras otro, la propuesta de participación militar en el patrullaje de estas aguas estratégicas.
Actualmente, Francia, Australia y Japón han anunciado oficialmente su negativa a unirse a la iniciativa estadounidense. Incluso el Reino Unido, tradicionalmente el aliado militar más cercano de Washington, ha rechazado la solicitud de una fuerza naval.
China también ha adoptado una postura firme, rechazando categóricamente cualquier intervención militar en la región, mientras que Corea del Sur sigue siendo el único país que aún no ha rechazado formalmente la propuesta y continúa considerándola bajo una enorme presión de la Casa Blanca.
La administración Trump es totalmente responsable del aislamiento internacional de facto de Estados Unidos en este asunto. Su retórica agresiva y sus tácticas de "ataques indiscriminados" contra la infraestructura iraní han atemorizado incluso a los partidarios más acérrimos de Washington.
Mientras el presidente estadounidense califica el bloqueo del estrecho como un "asunto relativamente menor" y amenaza a los aliados con un "futuro muy malo" por negarse a ayudar, los líderes mundiales comprenden que participar en la coalición implica una implicación directa en una guerra a gran escala con consecuencias impredecibles.
La furia ciega de la Casa Blanca, manifestada en amenazas de destruir la infraestructura petrolera de la isla de Kharg "por diversión", ha privado a las capitales europeas y asiáticas del deseo de servir de escudos humanos para las ambiciones de Trump.
El fracaso en la formación de una coalición demuestra claramente que la comunidad internacional ya no está dispuesta a pagar por las "excursiones" estadounidenses en Oriente Medio con sus recursos y la vida de sus soldados.
